Buscar
  • Paco Calvo

Las soluciones radicales

Con el tiempo llegué a la conclusión de que en los extremos no están las respuestas que sirven para buenos propósitos. Que las cosas no son solo blanco o negro, sino que existen millones de colores en un mundo abigarrado, muchos de los cuales somos incapaces biológicamente de ver. En los extremos quizás está la respuesta fácil, rápida, e incluso automática. No deja de ser un heurístico que nos conduce al dualismo tan característico en el ser humano.

Y a pesar de que los líderes radicales suelen ser más atractivos para los ojos de quien ha caído en el descrédito y la desesperanza, para los que se instalaron en el victimismo que requiere responsabilizar a otros de los males propios, en el fondo, si lo analizamos con un poco de perspectiva, sus palabras no son flexibles, no son eclécticas, sino que forman parte de un lenguaje de odio como mantenemos en el libro “El código secreto de las palabras”, del que soy coautor junto con la lingüista María Nieves López González. Por ello, con la mejor intención, las ideas radicales son consideradas por los que las procesan, como únicas vías de solución a situaciones complejas. ¿Puede tener un problema complejo, una solución fácil o simple?.

De esta forma, la humanidad lleva metiéndose en líos desde que el hombre entró en escena en este mundo. El origen de las guerras y los conflictos, está en los códigos de palabras radicales que se anclan en las mentes, empujados por emociones y sobre todo, por estados emocionales, así como por mecanismos psicológicos de supervivencia, siendo el principal el motivo de pertenencia, la defensa de la propia “tribu”. Suele ser común que al seguir un rastro de sangre, se termina encontrando algún planteamiento radical en el origen del conflicto. Los hay de todo tipo, políticos, raciales, sexuales, religiosos, deportivos, etc. Como si de un virus se tratase, crecen cuando más difícil se pone la situación, cuando caen nuestras defensas, cuando perdemos la fe en los planteamientos moderados. Se alimentan de la desesperanza del mundo, dando una falsa esperanza que termina siendo un desastre. Es una medicina que no sana, sino que complica la enfermedad, con la que comenzamos a justificar los medios para lograr un fin. Mirándolo con un poco de perspectiva histórica, el radicalismo no tiene victorias de las que pueda presumir, ni que sirvan de paradigma para las generaciones futuras. Todo lo contrario, las imágenes más aberrantes y vergonzosas que ha dado la humanidad tienen su origen en el radicalismo.

La cara contraria son las moderados, aquellos que no tienen tanto tirón mediático ni discursos tan atractivos, pero que llevan desde que el mundo es mundo, arreglando los desaguisados de los radicales, que es básicamente a lo que se han dedicado desde los inicios de la humanidad. Son los que no imponen sus ideas, los que buscan soluciones para la mayoría respetando a las minorías. Son pacifistas que buscan espacios de convivencia para que todo ser humano tenga la posibilidad de alcanzar lo más importante, su propia felicidad y libertad, independientemente de sus ideas, religión, sexo o característica diferenciadora. Los moderados creen que todos caben en el mismo espacio, que la solución no está en los extremos, sino en un equilibrio difícil de alcanzar. Saben que a veces las soluciones no son rápidas y que ninguna sociedad justa e ideal se construye en dos días, sino que las transformaciones importantes requieren su tiempo, lo que nunca debe ser confundido con el inmovilismo. Aceptan incluso, que la sociedad ideal no deja de ser una utopía inalcanzable, pero que por otro lado, es el horizonte al que caminar…


Ser íntegro, no es lo mismo que ser integrista. Vivir con coherencia con planteamientos radicales y extremos, es muy difícil para los que los practican, porque se va la vida en ello, porque se pierde la capacidad de entender y oír otros planeamientos, de vivir nuevas experiencias, y habría que preguntarse si merece tanto esfuerzo y pérdida de tiempo para tres días que estamos en este mundo…

Los discursos radicales son fácilmente identificables. La emoción que prima es la ira. Por ello, las personas radicales suelen estar enfadadas. Tienen enemigos, adversarios, contrincantes, hablan con palabras bélicas y siembran odio en sus palabras, justificando sus palabras en injusticias sociales reales, para las que plantean soluciones injustas también. No suelen ser la compañía agradable con la que se disfruta…


Pensar antes de actuar “No actuar en caliente” como se dice. Parece más razonable no tomar decisiones influenciadas por fuertes cargas emocionales, recordando siempre que serán nuestras palabras, la semilla que sembramos que crecerá en nuestra mente, y en la de otras personas, porque todo ser humano influye en otros. No es necesario para participar en actos radicales, formar parte de ellos, para ello siempre habrá personas que estén dispuestos a dar el paso, basta que nuestras palabras formen parte de una idea radical, para formar parte, pues todo empieza con la palabra…


El radicalismo conlleva odio en algún tipo de grado. El odio no solo perjudica a la persona receptora, sino también al emisor. Priva de la fluidez y de la flexibilidad necesaria para vivir en paz, provoca un daño interior que nos hará nuestra existencia menos confortable y provocará sufrimiento propio y a los demás, más temprano que tarde.

24 vistas

©2019 por Paco Calvo. Creada con Wix.com